El regreso de los talibanes es catastrófico para las mujeres
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| Lynsey Addario | El País |
Los hombres saltaron de la camioneta y
empezaron a golpear a Barakzai con un cable de goma. Siguieron haciéndolo
incluso después de que ella cayera al suelo. Cuando la dejaron, se levantó,
llorando. Se sentía indignada y humillada. Hasta entonces, nunca la habían
golpeado.
“¿Te suena una cosa que llamamos
sadismo?”, me preguntaba recientemente Barakzai cuando hablamos. “Es como si no
supieran por qué, como si estuvieran simplemente intentando golpearte,
lastimarte, faltarte al respeto. Ahora eso es lo que disfrutan. Ni siquiera
ellos saben la razón”.
Atribuye a ese momento el nacimiento de
su vida como activista. Antes de que la capital de Afganistán se sumiese en la
guerra civil, en 1992, Barakzai estudiaba Hidrometeorología y Geofísica en la
Universidad de Kabul. Cuando los talibanes, entonces una milicia relativamente
nueva, salieron victoriosos en 1996, obligaron a las mujeres afganas a
abandonar sus estudios. Mientras se recuperaba de la paliza, Barakzai tomó una
decisión: organizaría clases clandestinas para niñas en el amplio complejo de
apartamentos en el que vivía con su familia y otras 45 familias más. Más tarde,
ayudaría a redactar la constitución afgana y ocuparía un escaño en el
Parlamento durante dos legislaturas.
Viajé por primera vez a Afganistán en
mayo de 2000, cuando tenía 26 años. En ese momento vivía en la India, cubriendo
temas de mujeres en el sur de Asia como periodista gráfica, y sentía curiosidad
por saber cómo vivían las mujeres durante el régimen de los talibanes.
Afganistán emergía entonces de un conflicto brutal de 20 años —primero la
ocupación de los soviéticos y después una prolongada guerra civil— que había
dejado Kabul llena de socavones y con pocas infraestructuras en funcionamiento.
A mediados de los noventa, los talibanes habían prometido poner fin a la
violencia y muchos afganos, agotados de años de inseguridad y destrucción
constante, no ofrecieron resistencia al grupo fundamentalista islámico. Pero la
paz se produjo a costa de perder libertades sociales, políticas y religiosas.
Cuando hice mi primera visita, los
talibanes habían aplicado su interpretación de la sharía, la ley islámica.
Prohibieron la educación de mujeres y niñas en prácticamente todas las
circunstancias y a las mujeres (excepto selectas médicas autorizadas) no se les
permitía trabajar fuera de casa, o ni siquiera salir sin un guardián varón. A las
que salían se les exigía llevar burka. Se prohibió para todos cualquier forma
de entretenimiento: música, televisión, reuniones de ambos sexos fuera de la
familia. La mayoría de los afganos cultos ya habían huido al vecino Pakistán y
otras partes; los que se quedaron tuvieron que cambiar de vida para adaptarla a
los dictados del régimen opresor.
Al ser una estadounidense soltera,
necesitaba encontrar una forma de moverme por Afganistán con alguien que
hiciera las veces de marido y sacar fotos sin que me vieran (los talibanes
habían prohibido fotografiar cualquier ser vivo). Me puse en contacto con el
Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, una de las pocas
organizaciones internacionales que seguían funcionando en Afganistán, y con el
Programa Integral para Afganos Mutilados, un organismo de Naciones Unidas cuyo
objetivo era rehabilitar a los heridos por las muchas minas antipersona
sembradas por el país. Los grupos se encargaron de conseguir hombres que me
sirvieran de escoltas, además de conductores y traductores, para atravesar las
provincias de Ghazni, Logar, Wardak, Nangarhar, Herat y Kabul a fin de
fotografiar y entrevistar subrepticiamente a afganas. Enseguida comprendí las
ventajas de ser una fotoperiodista mujer, a pesar de las dificultades: tenía
libre acceso a ellas en espacios prohibidos para los hombres.
De mayo de 2000 a marzo de 2001, en el
transcurso de tres viajes separados, me moví con mis cámaras y películas
ocultos en una pequeña bolsa, visitando viviendas privadas, hospitales para
mujeres, escuelas secretas para niñas. Asistí a celebraciones clandestinas de
bodas con invitados de ambos sexos, en las que la banda sonora de Titanic hacía
retumbar las paredes de cemento mientras hombres y mujeres muy maquilladas (con
las uñas pintadas) bailaban en un despliegue de puro placer; un placer sencillo
castigable con la ejecución bajo un régimen que controlaba las calles.
Quizá lo que más perdure en mi mente sea
el silencio de la vida con los talibanes. Había muy pocos coches, nada de
música, ni televisión, ni teléfonos, ni conversación ociosa en las aceras. Las
calles polvorientas estaban llenas de viudas que habían perdido a sus maridos
en la prolongada guerra; sin poder trabajar debido a la prohibición, su única
manera de sobrevivir era mendigando. La gente tenía miedo, dentro y fuera de
casa. Aquellos lo suficientemente valientes como para aventurarse a salir
hablaban en susurros, por miedo a provocar una paliza de los talibanes por algo
tan simple como no tener la barba suficientemente larga (en el caso de los
hombres) o un burka suficientemente largo (las mujeres), o, en ocasiones, por
nada en absoluto. Brillantes cintas de casete colgaban ondeantes de árboles,
cables, señales y postes de todas partes, una advertencia a quienes se
atreviesen a reproducir música en privado. Los partidos en el Ghazi Stadium de
Kabul habían sido sustituidos por ejecuciones públicas en los viernes de
oración. Las autoridades talibanes usaban excavadoras o tanques para derribar
paredes sobre hombres acusados de ser homosexuales. A los acusados de adulterio
los lapidaban hasta la muerte.
Durante estos viajes, observé la fuerza
y la resiliencia de las afganas. A menudo me pregunté qué sería de Afganistán
si cayesen los talibanes. Imaginé que los hombres y mujeres que me ofrecían esa
hospitalidad, ese humor y esa fuerza prosperarían, y que los afganos que habían
huido del país podrían por fin volver a casa.
Meses más tarde llegaron los atentados
del 11 de septiembre de 2001 y poco después la invasión de Afganistán. Los
talibanes cayeron y las mujeres demostraron rápidamente que eran valiosísimas
para el trabajo de reconstrucción y dirección del país. Estalló una gran ola de
optimismo, determinación y fe en el desarrollo y el futuro de Afganistán. Pero,
a medida que los talibanes volvieron a diluirse en el tejido de ciudades y
aldeas, muchos de sus valores conservadores, con raíces profundas en la
sociedad afgana, persistieron.
Fotografié la derrota de los talibanes
en Kandahar a finales de 2001 y volví al país con mi cámara al menos una docena
de veces en las dos décadas siguientes. Desde Kabul a Kandahar, pasando por
Herat o Badahshan, he fotografiado a mujeres asistiendo a clase, licenciándose
en universidades, formándose como cirujanas, dando a luz, trabajando de
comadronas, presentándose como candidatas al Parlamento y trabajando en el
Gobierno, conduciendo, formándose para ser policías, actuando en películas,
trabajando —como periodistas, traductoras, presentadoras de televisión— para
organizaciones internacionales. Muchas enfrentándose al imposible acto de
compaginar el trabajo fuera de casa y la crianza de los hijos; el ser esposa,
madre, hermana o hija en un lugar en el que las mujeres rompían techos de
cristal a diario y a veces corriendo un gran riesgo.
Una de las personas que conocí en mis
viajes fue Manizha Naderi, cofundadora de Mujeres para las Mujeres Afganas.
Durante más de una década, su organización ayudó a establecer en Afganistán una
red de refugios y servicios de mediación familiar, asesoramiento y ayuda
letrada para mujeres afganas con problemas familiares, víctimas de malos tratos
o encarceladas sin abogado defensor. Naderi vive ahora con su familia en Nueva
York. Cuando hablamos recientemente, le pregunté si creía que las cosas habían
mejorado para las afganas en las dos últimas décadas.
“Sin duda”, respondió. “Antes de que EE
UU invadiera Afganistán, allí no había nada, ninguna infraestructura, ningún
sistema judicial, ningún sistema educativo, nada. En los últimos 20 años, en el
país se ha vuelto a crear todo, desde la educación, el sistema judicial, la
sociedad, la economía… las mujeres lo han ganado todo. No solo las mujeres,
sino que también los afganos en general han ganado muchísimo”.
Ahora, por supuesto, esos avances
desaparecerán. La semana pasada, los talibanes tomaron casi todas las grandes
ciudades del país; el domingo, sus fuerzas entraron en Kabul y el presidente
Ashraf Ghani huyó del país. Los militantes han abierto las puertas de las
prisiones y liberado a miles de presos, mandando a las mujeres del trabajo a
casa y retirando a las niñas de las escuelas. En el avance hacia la capital,
sus fuerzas han destruido instalaciones médicas, matado civiles y dejado miles
de desplazados afganos. Algunos afirman que los talibanes exigen que las
mujeres de las aldeas que conquistan se casen con sus combatientes solteros
(aunque el grupo lo niega).
Fawzia Koofi, otra mujer a la que he
conocido en Afganistán, ha dedicado la vida a su país desde que los talibanes
llegaron al poder, en 1996. También ella creó una red secreta de colegios para
niñas en la década de los noventa, en su provincia natal de Badakhshan. Koofi
fue parlamentaria entre 2005 y 2019 y ha sido una de las representantes de la
República de Afganistán en las negociaciones de paz con los talibanes previas a
la retirada de las tropas estadounidenses del país. Cuando la conocí, en 2009,
se movía por Kabul seguida por una pequeña cuadrilla de asesores masculinos y
un destacamento de seguridad, volviendo a casa tras largas jornadas en el
Parlamento para encontrarse con una fila de votantes a su puerta rogándole que
escuchara sus preocupaciones. También estaba criando sola dos hijas pequeñas;
su marido había fallecido en 2003 de tuberculosis, adquirida en las cárceles de
los talibanes. Koofi parecía no parar nunca, ni siquiera cansarse. Los
talibanes han intentado asesinarla tres veces. Siempre llevaba consigo una
carta manuscrita dirigida a sus hijas, por si acaso.
Cuando llamé a Koofi hace unas semanas,
en Kabul, los talibanes ya estaban ganando terreno en el país. Koofi se
mostraba escéptica respecto a las promesas hechas por el grupo de que
mantendrían las libertades de las mujeres para estudiar y trabajar fuera de
casa. Citaba una desconexión completa entre lo que los responsables talibanes
decían durante las negociaciones de paz en Qatar y las violaciones de los
derechos humanos que, según le decían sus contactos, los soldados de a pie
cometían sobre el terreno. Le pregunté si tenía miedo. “Sinceramente, no tengo
miedo de que me asesinen”, me respondió. “Lo que temo es que el país vuelva a
caer en el caos”.
Mientras los talibanes invadían ciudades
por todo Afganistán, Koofi pasaba buena parte del tiempo contestando llamadas
de hombres y mujeres aterrorizados por las repercusiones de la toma de poder.
Le frustraba lo poco que podía ofrecer a modo de consuelo. Poco antes de que yo
hablara con Koofi, una embarazada le había llamado desde Faizabad, capital de
Badakhshan, un lugar que visité en 2009 para documentar las altas tasas de
mortalidad materna en la provincia. En el transcurso de la década pasada,
varios avances han reducido esa cifra. La mujer que llamó a Koofi necesitaba
dar a luz mediante cesárea, pero los talibanes se acercaban y temía no poder
acceder a un hospital para que le practicasen la operación. Solo le quedaban
tres semanas para la fecha prevista de parto y no tenía forma de irse de la
casa. ¿Qué podía hacer? Si no le hacían la cesárea, la mujer podría morir, pero
Koofi no tenía forma de ayudarla desde Kabul. La semana pasada, Faizabad cayó
en manos de los talibanes.
Recientemente, el precio de los burkas
se ha duplicado, en algunos casos ha aumentado aún más. Las mujeres están
comprando la mejor armadura para protegerse de los talibanes: el velo.
El fin de semana, cuando los talibanes
sitiaban Kabul, le pregunté a Koofi cómo le iba y si la habían evacuado. Huyó
de su casa el domingo y ahora está oculta en Afganistán. “Nadie nos ayuda”, me
dijo. “¿Puedes hablar con los estadounidenses?”. Recibo mensajes de WhatsApp
como este a diario de antiguas intérpretes y modelos para mis fotos, expresando
miedo y preguntándome cómo salir de Afganistán.
No sé, es mi respuesta. No sé dónde
puedes ir. No pienso que Estados Unidos vaya a seguir ayudando. No, no pienso
que te vayan a dar un visado a ti, a tu hermano o a mi chófer desde hace 11
años. No sé qué les va a ocurrir a las mujeres en Afganistán.
Todo lo que sé es que las mujeres que he
conocido estos últimos 20 años me han asombrado por su determinación e ingenio.
Me han hecho derrumbarme de risa y de llanto. Pienso en la fresca tarde de 2010
cuando me movía por Kabul como copiloto en el coche de una actriz afgana. Lucía
a plena vista su hermoso rostro, completamente maquillado, y su cabello
mientras ponía música iraní a todo volumen y bailaba con las manos en torno al
volante. Atravesó controles, montones de burkas y hombres asombrados y
desdeñosos. Ella se reía, y yo también, y pensaba lo lejos que habían llegado
las afganas. Los talibanes no pueden quitarles a las afganas los últimos 20
años; su educación, sus ganas de trabajar, su gusto por la libertad.
Y hoy hay una nueva generación de afganas, mujeres que no recuerdan lo que
es vivir sometidas a los talibanes. “Están llenas de energía, esperanza y
sueños”, me decía Shukriya Barakzai. “No son como yo, como yo era hace 20 años.
Están más alerta. Se están comunicando con el mundo”. Los talibanes conquistan
territorios, dice Barakzai, “pero no los corazones y las mentes de las
personas”.
El Periódico de México
